Brillantes

enero 21, 2022

 

Alrededor de todas las colmenas que pueblan Vostroya (1) existe un círculo de ruinas que se extiende por varios kilómetros, alternando viejas manufactorías con derrumbadas unidades habitacionales y montones de residuos radiactivos y desechos tóxicos. Son fruto de las catorce Grandes Guerras que han asolado la superficie de Vostroya en lo que va de su historia, y con cada una de estas guerras colmenas completas han sucumbido a los bombardeos y el saqueo, sólo para ser reconstruidas de los escombros algunos siglos más tarde. Los Páramos, lo llaman los vostroyanos; y son un buen escondite si uno es lo suficientemente valiente, suficientemente estúpido o quizá sólo desesperado. O una combinación de todas ellas.

El castigo capital es el único aceptado para aquellos que faltan a su puesto en las interminables líneas de producción de las manufactorías de la colmena Decia. Éstos infelices se enfrentan a la poco envidiable decisión de escapar a la subcolmena, donde las batallas entre bandas rivales y los Oprichnik (2) cobran tantas vidas como las líneas de ensamblaje de los reactores de plasma o el mantenimiento de los respiraderos de la colmena, varios kilómetros por encima de la superficie planetaria; o huir hacia los Páramos, con la esperanza de vivir lo suficiente para escapar en un transporte de tropas rumbo a la gran galaxia. Pocos lo consiguen.

Son cazados por escuadras de los regimientos de Primeros Nacidos Vostroyanos (3) de reciente arribo al planeta, que componen una Fuerza de Defensa Planetaria provisional mientras se reabastecen de raciones, armas, municiones y hombres; y las flotas recomponen sus números para llevar nuevamente a los hijos de Vostroya ahí donde el deber hacia el Emperador lo determine. La escuadra del Sargento Sohkolov patrullaba desde hacía dos días el Páramo Decio, compuesta sólo por reclutas y un veterano que manejaba el reverenciado rifle de plasma de la escuadra.

“Pero si ya deben de estar muertos” – masculló entre dientes Babarin, no sin antes comprobar que se hallaba a una distancia segura del sargento – “¿Por qué nos mandan los Oprichnik a aprehender a unos pocos renegados que se les han escapado, si de todos modos los van a ejecutar cuando los llevemos; cuando ellos se quedan cómodamente en la colmena, sin congelarse las bolas?”.

“Porque no vales para nada más Miloh, a no ser que quieras lavar las letrinas de las barracas; que es para lo único que sirven los Brillantes (4) como tú, para lavar letrinas y congelarse las bolas buscando operarios prófugos en este congelado desierto”. – El que hablaba era Petro Garkhanim, veterano que a diferencia de los demás portaba además del profuso bigote (5) una barba ya blanca sobre la arrugada cara, cubierta de cicatrices casi tan viejas como él mismo y algunas más viejas que cualquier otro miembro de las escuadra. – “Vergüenza debería de darte que el sargento y yo tengamos que hacer de niñera a una panda de Brillantes que no saben distinguir el culo de la cabeza de un quimioperro de Muskha (6)”.

“El culo es la parte peligrosa, con la cabeza sólo muerden” comentó otro de los reclutas, causando las risas de todos, incluso arrancando un gruñido divertido a Garkhanim.

“Silencio” – ordenó Sohkolov, cortando las risas con un susurro más amenazador que una bayoneta en la garganta – “El próximo que rompa el silencio un mes en el calabozo”.

No se oyó otra cosa que el silbido del viento a través de las ruinas durante el resto de la jornada, cuando con otro par de órdenes escuetas habían montado el campamento guarecidos dentro de lo que había sido un tanque de agua de enfriamiento de algún reactor que hacía mucho había explotado. Reunidos a la débil luz de los calentadores infrarrojos, los hombres se ocupaban de dar mantenimiento a sus rifles láser, afilar bayonetas y repasar las letanías de recarga mientras inspeccionaban los cartuchos, comprobando que estuvieran llenos antes de guardarlos en sus cartucheras de cuero.

“Si no has disparado ni un tiro no se descargan, idiotas” – comentó el veterano mientras bebía un sorbo de su petaca – “Lo sabrían si no fueron unos Brillantes inútiles”. Continuó dando sorbos mientras reprendía a otro recluta por derretir nieve sobre los calentadores.

“¿Por qué nos dice Brillantes?” – preguntó Babarin quedamente a otros dos de sus compañeros, sentados algo alejados del resto junto a la grieta en el tanque que usaban de entrada. – “Si el que tiene la barba blanca es él. O la tendría si se lavara alguna vez” – siguió diciendo entre las sonrisas de aprobación de sus camaradas.

“Mi tío Kozlov lo decía también todo el tiempo.” – dijo Natali con un tono como impartiendo gran sabiduría a sus camaradas. – “Cuando me contaba sobre los reclutas de su escuadra en la fila del comedor, antes de que saliera con la flota. Decía que eran Brillantes porque todavía tenían la barbilla reluciente, porque no ocupaban afeitarse nunca”.

“Mentira, es por las bayonetas.” – rebatió Dima, que era el más próximo a la puerta y echaba ojeadas cada tanto cuidando que no los sorprendiera Sohkolov; que hacía ronda afuera. – “Cuando salen de la forja están brillando al rojo vivo, y sólo cuando las sumergen para templarlas cogen dureza y se quedan opacas. Mi hermano trabaja en la forja dos turnos diarios y se lo oyó decir al oficial inspector de suministros. Dijo que los antiguos vostroyanos templaban las hojas apuñalando a un oso; y que la sangre de éste daba su fuerza a la hoja”.

“Ésos son los shashkas que llevan los portaestandartes de la compañía, Dima, o como el sargento.” – Lo corrigió Natali – “Las bayonetas las hacen en masa, pero los shashkas sólo unos pocos artífices los hacen, todo el proceso a mano. Aún si las bayonetas las templaran en sangre de operarios, ya no habría operarios en ninguna manufactoría. Les digo que es lo de la barba. Pero a todos se nos ensombrece la barbilla. Hasta el condenado de Garkhanim fue un Brillante, hace unos cien años.” Dijo riendo de su propio chiste, e iba a añadir algo más cuando una voz a sus espaldas le interrumpió.

“Quizá fue hace doscientos, Natali.” – Apuntó el sargento al tiempo que esbozaba una sonrisa que por alguna razón se detenía en la boca y no llegaba a sus ojos, que lanzaban destellos fríos como el hielo y que tenía fijos en Dima – “Si esa es la calidad de centinela que eres, creo que te hace falta practicar. Te ocuparás de la primera guardia con Petro. Y ustedes dos deberían dormir. Mañana nos espera otra jornada de marcha.” – Luego se dirigió al veterano, procurando que le oyeran todos – “¿Oíste Petro? Quieren saber por qué les dices Brillantes”.

“Si tienen suerte lo sabrán mañana” – Respondió aquél, tomando un sorbo más mientras tomaba su arma y se dirigía a la entrada con pasos pesados. – “Quizá antes, si este no espabila”. – Concluyó lanzando una patada a Dima, que se levantó nervioso y salió detrás del viejo vostroyano hacia la negrura que los envolvía.

Tuvieron suerte al día siguiente.

Aún a pleno día la luz no penetraba la gruesa capa de contaminación de la atmósfera, así que iluminaban su camino con linternas de batería, sencillas pero duraderas. Apenas habían andado un par de horas cuando Garkhanim, que iba explorando unos 100 metros por delante del resto de la escuadra; levantó el puño en señal de alto. Corrió hacia una sección derrumbada de un muro que hacía un ángulo contra el resto de la estructura, ofreciendo algo de protección contra los fuertes vientos. Volvió a salir e hizo señas para que se acercaran.

Sohkolov miró a ambos lados, asintiendo con la cabeza para que los demás se pusieran en marcha, encontrándose con Petro que estaba sentado en los escombros.

“Murieron anoche, mientras dormían.” – Dijo, señalando al muro caído. – “Parece que la batería del calentador se agotó poco después de medianoche. Se apilaron todos alrededor pero no pudieron calentarse lo suficiente. Al menos tuvieron la decencia de morirse pronto, no me gusta nada alejarme tanto de la colmena.” – Siguió satisfecho mientras le arrojaba un saco a Borodin, que lo cogió inseguro de qué hacer con él. – “Mira a ver si entiendes por qué eres un Brillante”.

Borodin se acercó al muro y los vio. Nueve o diez cuerpos. No, eran diez; todos amontonados alrededor de un viejo calentador que quizá tuviera la mitad de la potencia de los que ellos habían usado la noche anterior. Robado del almacén de los guardias de la puerta con toda seguridad, pensado para ser usado en un vehículo en patrullas entre puerta y puerta, no internarse en el Páramo. Los fugitivos formaban un pequeño montículo, cubierto por una fina capa de escarcha que brillaba fulgurante con los pocos rayos de luz que se filtraban por las rendijas del muro caído.

“El hielo nuevo o la nieve fresca brillan, muchacho” – Oyó que decía su barbudo compañero con su voz ronca, la melenuda barba ocultando una media sonrisa. – “Hacen falta varios ciclos de deshielo y congelación para que se haga opaco y sucio; pero entonces ya está más duro que una piedra. La escarcha brillante se deshace en la mano y no sirve de nada, como todos ustedes. O como éstos. Menos mal que están frescos; para lo que sigue va a facilitar mucho las cosas.”

“¿Qué es lo que sigue?” – preguntó Natali, que miraba el saco que sostenía Borodin empezando a figurarse para lo que iba a servir.

“10 cabezas pesan menos que 10 cadáveres completos.” – Explicó el sargento con una voz maliciosa mientras miraba a Natali, que vio con aprensión cómo la mueca en la cara del sargento distaba mucho de una sonrisa; pero sus ojos oscuros sí que sonreían. – “A los Oprichnik no les importará. Pero dense prisa, quizá para la hora de Santa Nadalya (7) ya estemos nuevamente en las barracas, igual de hambrientos pero sin frío. Usa tu bayoneta Petro, muéstrales cómo hacerlo rápido, entre las vértebras.” Dijo mientras desenvainaba el shashka y se dirigía al muro, donde ya habían extendido los cuerpos en fila junto a su fallido último refugio.

Saltaron decenas de pequeñas esquirlas de hielo al primer golpe, brillando ante la luz de las linternas antes de perderse con las demás puntas de escarcha en el suelo congelado. No hubo sangre, sólo unas pocas esquirlas rojas saltaron junto a las blancas, brillando como como pequeñas llamas cristalizadas en la noche. Siguió golpeando hasta seccionar el cuello, dejando el suelo alrededor cubierto de esquirlas rojas. Brillantes, muy brillantes.

 

Felipe “Gotmog” Herrera

 

  1. Mundo Industrial situado en el Segmentum Obscurus, con clima gélido que proporciona regimientos a la Guardia Imperial como penitencia por mantenerse neutrales durante la Herejía de Horus. Gobernado por una Tectriarquía de nobles imperiales y archimagos del tecnosacerdocio de Marte.
  2. Regimientos de Primeros Nacidos Vostroyanos que cumplen funciones de policía militar, guardia de honor y brazo armado del Adeptus Arbites en Vostroya.
  3. Regimientos de la Guardia Imperial reclutados en Vostroya, compuestos por el primogénito de cada familia.
  4. Nombre dado a los reclutas de los regimientos Vostroyanos.
  5. En Vostroya el mantenimiento del bigote es una costumbre muy arraigada y de mucha importancia en la cultura del planeta.
  6. Carnívoros evolucionados a partir de cánidos comunes desde la primera colonización de Vostroya que ocupan el puesto de superpredadores en el planeta.
  7. Santa Nadalya es una santa del Culto Imperial nativa de Vostroya, cuya muerte en heroica defensa del Emperador ffff..ocurrió a la 1 de la madrugada. Por ello se le llama a esa hora la Hora de Santa Nadalya.

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