En Calth

enero 21, 2022

-En una solitaria ruina a las afueras de un hab-dome Calthiano, un viejo ha hecho su hogar, con apenas el equipo y provisiones necesarias para sobrevivir, su mano derecha muestra claras señas de gangrena inducida por frío, el viejo escribe día con día en un viejo diario; haciendo increíble pensar que en la oscura y distópica realidad del cuadragésimo primer milenio aún existe una cierta nostalgia por la tinta y celulosa.

-Parece mentira que finalmente me decida a escribir sobre lo que sucedió aquel día… el Emperador me perdone pues he pecado y mi silencio solo se ha roto cuando supe que mi tiempo estaba contado.

En aquel entonces era un joven Guardia, listo para comerme la galaxia, como a menudo suelen pensar los recién salidos de la Defensa Planetaria, mi sargento, un hombre reacio, tonto y de buena familia tenía buenas conexiones dentro del Ordo Malleus, así que no pasó mucho tiempo para que mis compañeros y yo fuéramos asignados a tareas de protección y asistencia de la inquisición. Fue así como tras años de leal y extenuante servicio a la Ordo, el Emperador los mantenga siempre vigilantes, fui seleccionado para una misión especial, mantenerme vivo ante los horrores que enfrentamos en esos años ayudó bastante si he de ser sincero.

La misión era sencilla en apariencia, un Inquisidor estaba cazando a un psíquico prófugo y necesitaba soporte adicional con experiencia enfrentándose a los horrores corruptos de la disformidad… una exageración comparada con lo que íbamos a buscar, pero yo no podía saber eso; así como tampoco lo que encontraría… aún hoy ruego al Emperador que las pesadillas terminen, en mis peores noches, Celestina me perdone, añoro que la montaña me hubiera llevado, como se llevó todo lo demás…

Su nombre era Adeodatus Carbo y al igual que yo, tenía ya algunos años de experiencia en lo que hacía, un Inquisidor severo y cerrado, dispuesto a lo que sea por alcanzar su objetivo, o eso pensaba él, cuando miro atrás, aquel hombre no era más santo que las pestilentes fauces de un gante, y si aún viviera daría lo que sea por decírselo a la cara.

Nuestra misión comenzó como cualquier otra, se nos informó de nuestro objetivo, un psíquico prófugo, escondido en las gélidas montañas de Calth, una presa tan ínfima que nuestros superiores habían considerado que un único Acólito y ocho guardias bastarían para subyugarlo… Lord Adeodatus había asignado a su aprendiz, Marius, como comandante de misión, junto a mí estaban Toro, Krait, Donovan, Julius, Melonia, Igor y Tito, todos guardias admirables, el  Emperador los tenga en su gloria, los proteja y salve sus almas de los horrores de la disformidad.

La Valkiria nos dejó unos cuantos kilómetros arriba de la base de las montañas del ocaso, teníamos el equipo necesario para una larga jornada de alpinismo y se nos explicó que teníamos que proceder así para no alertar al psíquico de nuestra presencia. El asenso presentó pocos problemas para soldados experimentados y el equipo probó ser la diferencia entre la vida y la muerte en más de una ocasión. Ascendimos por lo que parecieron ser días, pues era difícil discernir el día de la noche cuando la ventisca rugía salvaje, descansábamos cada doce horas en tiempo de Calth, comíamos una pequeña ración y bebíamos agua, nunca deteniéndonos por mas tiempo, Marius era bastante estricto al respecto, autoritario incluso, como los buenos inquisidores lo deben ser.

Finalmente, tras dos pesadas semanas de régimen, llegamos a una grieta en las montañas, corría profundo, pues el viento aullaba ahí dentro como si se tratara de un enorme lobo; entramos, sin saber que esperar, pero seguros de que nuestro hombre estaba aquí dentro, pues Marius nos aseguraba que la información que había recibido lo indicaba así. Obedecimos cada comando con una familiar combinación de fe y terror, establecimos un campamento base, y nos dispusimos a explorar la grieta.

Maldigo cada segundo de aquel día, si el Emperador me escucha, y lo hace, que nunca alguien tenga que volver a las montañas de Calth. El día comenzó con la llamada de alarma de Toro, había sido enviado en reconocimiento hacía algunas horas y había vuelto gritando eufórico, “lo encontré” podía escucharse una y otra vez en el comlink, Toro era un hombre grande y serio, por lo que escucharlo tan eufórico no podía evitar causarnos cierta inquietud, así que procedimos con cautela. Lasgun en mano descendimos cada vez más en la grieta, con la eufórica voz de Toro acompañándonos en todo momento “lo encontré” seguía  repitiendo, ignorando cualquier respuesta que le diéramos; sabíamos que era una trampa, nos habíamos dado cuenta en el momento en que Marius inquirió sobre su posición y Toro siguió repitiendo lo mismo, lo habíamos perdido, pero podíamos seguir la señal y así su sacrificio en nombre del Emperador tendría frutos.

Caminamos durante un buen rato, pasando incluso un precipicio que parecía no tener fin, Julius dijo algo ridículo de su ex esposa y todos nos reímos, el último momento tranquilo que tendría en décadas.

Llegamos a un área inmensa en la grieta, con paredes de roca y hielo que parecían haber sido talladas rudimentariamente por algún tipo de objeto afilado, viejos huesos de humanos y animales cubrían una parte del suelo de la caverna, la poca carne ceñida firmemente a ellos, preservada en un estado momificado por el intenso frío. Cuando vi las enormes pisadas en el hielo, como de pezuñas afiladas, recuerdo haber preguntado a Igor, nativo de Calth, que tan grandes eran los animales del planeta, y su respuesta haber sido “ninguno tan grande” dicho con una ominosa intranquilidad. Marius fue el primero en saltar a la conclusión “obvia”, “corrupción que debe ser purgada” dijo furibundo, y preparó su lanzallamas de mano, en ese momento nos preparamos para lo peor, por reflejo tomamos posiciones de batalla, pero durante varios minutos nada sucedió, la calma era insoportable y el solo sonido de nuestras exhalaciones y murmullos lo hacía infinitamente peor, no importa cuantos años sirvas al Imperio, hay cosas que jamás cambiarán.

“Ahí abajo” susurró Melonia señalando con su cabeza en dirección a los huesos… ojos… ojos humanos, mirándonos fijamente y sin parpadear… “¡muéstrate sucio hereje!” exclamó Marius, apuntando su lanzallamas y dejando salir una ráfaga en señal de intimidación.

La figura humanoide se levantó poco a poco en un continuo chasquido de huesos a su alrededor, en su mano tenía el lasgun de Toro, todos apuntamos… la tensión se volvió insoportable. Aquel hombre tenía la tez necrosada por el frio y unos ojos azules penetrantes, además de una tranquilidad perturbadora para alguien que está a punto de ser purgado por fuego; hizo una gesticulación, y pudimos ver que debajo de el estaba Toro, reconocible solo por su uniforme, su cabeza era una grotesca explosión de sangre y hueso. Disparamos contra él, con tal furia que solo nos detuvimos cuando las celdas de energía de nuestras armas estuvieron vacías, ahogado entre nuestros gritos de furia vengadora, pudimos escuchar la voz de “¡Papá!”, acto seguido las cabezas de Krait y Donovan exploraron violentamente, “¡Bruja!” exclamó furioso Marius, mientras el suelo helado bajo nuestros pies salía disparado en todas direcciones; una montaña de quitina negra y roja surgía de los maltrechos escombros y en sus enormes pinzas sostenía inertes los rotos cuerpos de Julius y Melonia, caímos al suelo y  en un frenético momento de adrenalina disparamos todo lo que teníamos contra la bestia, escuché la cabeza de Tito explotar junto con su cuerpo bajo la inmensa pezuña de la bestia y la desgarradora voz de Igor gritar “¡Viejo un Ojo!” antes de ser partido a la mitad por un enorme talón como guadaña; el fuego de Marius hizo a la bestia retroceder momentáneamente y lanzar un estruendoso rugido, pero fue otro desgarrador grito el que hizo nuestras narices sangrar, Marius y yo nos miramos sorprendidos, lo escuchamos en nuestra cabeza, miramos en la dirección de la entrada, una niña pequeña vestida en ropa invernal muy maltrecha corría hacia la salida, “¡Sucia Bruja!” exclamó Marius e incorporándose como pudo fue tras ella, yo lo seguí, prefería enfrentarme a una bruja que al monstruo en la gruta.

Golpeados y con fuerza apenas para mantenernos de pie habíamos alcanzado a la niña, le habíamos cortado el paso en el punto donde la gruta se partía en un precipicio, la niña no tenía salida, su rostro, también necrosado por el hielo, nos miraba con furia, con terror, con confusión. Por primera vez dudé si lo que hacía estaba bien, como es que una sucia bruja fugitiva podía ser una niña pequeña, Marius no flaqueaba, su lanzallamas fijado en la niña, segundos de vida que parecían horas, “¿cómo te llamas?” le pregunté “Celestina” me contestó, tanta blasfemia en alguien tan pequeño, pensé “¡Blasfemia, no evoques ese nombre con tus corruptos labios bruja!” Exclamó furioso Marius, “Señor… tenemos que salir de aquí, la bestia…” dije rápidamente a mi superior, pero Marius estaba fuera de sí, podría verlo dudar, sus palabras se quebraban en sus oraciones, murmuraba letanías sagradas una tras otra; un acólito, en su camino a inquisidor… dudando, no obtendría mi respuesta hasta tiempo después, así como el por que la niña no reventaba nuestros cráneos aún, aunque, a juzgar por el sangrado nasal, la pobre chica había dado todo de sí. Me acerque lentamente a la niña, bajando mi arma, en un momento de fe o estupidez absolutas, al día de hoy, aun no lo decido, “ven con nosotros, tenemos que irnos” le dije en un tono tranquilo, “¡Te juzgarán, Traición!” gritaba con la voz quebrada Marius, “señor…”. Marius y yo nos miramos a los ojos por unos segundos, su arma ahora apuntando hacia mí, y en el mas breve de los momentos, tanto su cuerpo como el mío salieron disparados varios metros hacia atrás, casi cayendo en el precipicio, y sin tiempo para incorporarnos, el estruendo de pezuñas rampantes inundó el lugar, la bestia arremetió brutalmente, fauces al frente, rugiendo tan fuerte que el hielo a nuestro alrededor se quebró y trozos de pared y techo cayeron cerca de nosotros. Pude ver claramente el rostro de la bestia, la mitad derecha de su cabeza era nada más que su cráneo descubierto, quemaduras de plasma a su alrededor, y sin embargo en aquel foso oscuro y vacío había algo inquietante observándome. La niña nos había apartado del camino con lo último de su poder, estaba en el suelo a escasos metros del enorme monstruo, pero este la ignoró, cambiando su trayectoria en plena carga y levantando una nube de hielo y escarcha, solo para abalanzarse contra Marius, quien disparaba frenéticamente su pistola bolter a la bestia mientras gritaba letanías con una seguridad impropia de momentos atrás.

Traté de salvar a la niña, pero el continuo estruendo del monstruo hizo ceder al hielo bajo nosotros, y finalmente, vi a Marius caer inerte, partido en pedazos por garras cual espadas, tras de él, la bestia, golpeando salvajemente los muros en su caída al olvido, frenética por asirse de algo, y por último la niña, Celestina, resbalándose inevitablemente de mis dedos entumecidos.

Bajé la montaña por mis propios medios, casi muero mas de una vez, y cuando por fin regresé al punto de encuentro nadie nos esperaba, solo había cajas con suministros y coordenadas a donde reportarnos, como si aun fuéramos más de uno, abrí las ordenes dirigidas a Marius, que podía importar ya, y fue ahí donde supe que lo que vinimos a hacer no fue una cacería sagrada, por el contrario, vinimos a terminar con la vergüenza de un hombre cuya esposa escapó con su hija al enterarse que era psíquica, solo puedo asumir que el pobre infeliz que pulverizamos con láser era algún pariente o amigo… el Emperador Protege, me dije de nuevo, pero no volví a la guardia nunca más, use las provisiones para comprar pasaje con los traficantes y jamás me fui del planeta.

Haber visto como un acólito perdía su fe y su voluntad se quebrantaba ante su objetivo me hizo dudar, pero saber que era la propia hija de Marius… ahora que se lo que les pasa… cual habría sido el destino de ambos… El Emperador protege… pero su hueste… que me perdone por la blasfemia.

El hombre termina de escribir su carta, la guarda delicadamente en un sobre que a su vez almacena en una pequeña caja metálica con el águila imperial engarzada, la coloca sobre su escritorio, y se levanta, posteriormente se dirige hacia la entrada de su refugio y cuando el eco del bolter finalmente se disipa, solo queda el silencio, no muy distinto al que existe en lo alto de las montañas del ocaso.

-José Ángel “Mythos” Macías

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