–¡Firmes! ¡Firmes! – chillaba el comandante al centenar de hombres a su mando.
Su voz, que trataba inútilmente de imitar un tono grave, se escuchaba en eco sobre el campo de batalla de espeso mar de nieve que se extendía a los lados.
Los rostros de los soldados se levantaban mostrando sus abundantes barbas llenas de cristales que se negaban a derretirse y la piel, cuarteada y rojiza, era la mella que había dejado el largo camino recorrido a través de una tormenta de ventiscas heladas, hasta llegar al lugar planeado y esperar al ejercito adversario. Cada hombre se erguía lentamente para obedecer la instrucción y las falanges de sus dedos doloridos, apretaban fuertemente la madera curtida de sus alabardas, aferrándose a ellas para no ser vencidos por el cansancio antes de iniciar el combate contra la armada desconocida. Las pieles de animal que cubrían sus cabezas y que se escurrían sobre sus hombros, intentaban dar calor a los músculos entumecidos por el cruel frio que había conquistado sus cuerpos.
–¡Estén preparados! ¡Firmes! – vociferaba nuevamente – ¡Esos intrusos probaran nuestro acero!
Las palabras fueron respondidas al unísono con un grito apático y desalentado, que se perdía en diferentes direcciones apenas salir de sus labios agrietados.
Habían pasado ya varias horas desde su llegada, el ocaso iniciaba su reinado venciendo a la luz del sol, y los guerreros, de pie, con sus botas de cuero enterradas en el hielo, los húmedos ropajes rojiblanco y sus pesados petos de metal, maldecían con palabras transformadas en vaho al clima, al lugar y a su extraño adversario que aún no acudía a la confrontación, así como las constantes miradas de repudio dirigidas al gordo Comandante ataviado de un atuendo fino y alcolchado, que lo hacía ajeno a los mordiscos acerados del gélido ambiente, y que no hacía nada más que gritar ordenes e ir de un lado para otro, montado sobre un caballo de batalla que apestaba al hedor de la herencia y a política.
–¡Mantengan sus filas! ¡El enemigo del Imperio no debe sorprendernos!
Frente a ellos, se levantaba majestuoso el Bosque de abetos que rodeaba las tierras de la Provincia. Las ramas alargadas con sus millares de delgadas hojas perenes, habían albergado los copos blancos en un fructuoso asedio escarchado, provocando que la frondosidad de cada uno de los colosos de grueso tronco, tomara proporciones desmesuradas en su simetría, engendrando así en su interior, una oscuridad palpable en los accesos a su ignoto territorio.
Una condenación más cruzó por la mente de los militares, al contemplar una densa bandada de nubes de matices claroscuros que inundaban el cielo, amenazando sin clemencia con el augurio de una nueva y dura nevada. El vendaval proveniente del oeste, que acarreaba al nublado espectro, trajo consigo heladas punzadas que burlaban con victoria las blindadas armaduras, reclamando muda reverencia sin oponer resistencia.
–¡Whhoooooooo! – El sonido hueco del cuerno de alerta, los hizo despertar del estupor.
El estridente tañer de tambores, que se confundían con sus latidos, fueron los siguientes en sonar y tomar ritmo, anunciando así, sendas alarmas, que el enemigo se hacía presente.
De las lóbregas entradas del bosque, emanaba serpenteante una espesa niebla de tono fantasmal que invadía el terreno nevado. Los soldados estupefactos ante aquel anti natural espectáculo, temblaron al contemplar la tenebrosa imagen que tomaba forma: Entre el velo vaporoso de las partículas de la bruma, se vislumbraban centenares de puntas de lanza corroídas por el tiempo, escudos de madera podrida de heráldicas olvidadas y los huesos desnudos de los portadores con sus cuencas brillantes del azufre de lo profano. La Hueste corrompida por el arte oscuro, se alineaban en formaciones militares perfectas, flanqueados por caballos desprovistos de toda carne, musculo y entrañas, al igual que sus acorazados jinetes que sostenían enormes lanzas de caballería.
–¡P…por la gloria de la gran Ciudad! ¡Se… seguir tocando los tambores! ¡Alistar las armas!
Un hombre aparecía detrás de los que una vez lo fueron: un ser de piel de mármol y ojos de tempano, ataviado de armadura real en color sangre con la iconografía de la noche, montado en un corcel de la sustancia del carbón y que, de su interior, las brasas se expulsaban a través de su hocico inquieto y sus tuertas oberturas. El individuo de imposible existencia, era escoltado por el esbozo de un rey y su ósea montura, portando una capa larga derruida de
sucia escarlata y una exquisita armadura adornada con algún escudo de armas narrado en leyendas antiguas, la osamenta desprovista de reacciones, portaba orgullosa una corona corrompida de varias puntas y de alas nocturnas a sus costados.
El Conde no-muerto, privado de expresiones naturales, observaba a la obesa criatura del Imperio rugir desesperado a sus soldados que, lentos por la frívola densidad que se aferraban como garras a sus bajas articulaciones, avanzaban dudosos, omisos al estruendo de los tambores y a la entonación del cuerno.
–Von Kragnor, – El pálido aristócrata se dirigió a su leal General – dime, tú que has librado cientos de batallas, y que alguna vez, luchaste a lado de los hombres, ¿Qué es lo que está haciendo el adversario Comandante?
–Animando a su ejército…, Señor – contestó con voz sepulcral del interior de su mandíbula inamovible – Frases de esperanza…, de victoria…, de gloria…, para intentar llenar sus temerosos corazones de valentía.
–¡Ja! – bufó despreció en una rápida media sonrisa – Patéticos mortales. Necesitan la excitación del cuerno de guerra y el fragor marcial del tambor para adquirir gallardía; requieren de la palabra animosa y de la belleza de la falsa promesa, y todo ¿para qué? Para que un ejército de hombres cumpla una orden. ¡Ja! El mío – sentenciaba orgulloso exhalando soberbia – mi magnífico ejército tan solo precisa de mi voluntad.
Su diestra, portadora del anillo de rubí maldito, desenvainó la espada de esencia sombría, su amenazante filo brilló hambriento apuntando a sus víctimas. Los estandartes de tela oscura se levantaron sacrílegos hacía el cielo nocturno, revelando el bordado dorado del apellido impío y el temible símbolo del dentado cráneo alado. Decenas de espectros sollozantes se manifestaron de las entrañas del bosque y sus estremecedores lamentos de semejanza humana, desgarraron la música bélica de los hombres, enmudeciéndola a su paso en su vil procesión. La marchita armada de cadáveres, impregnados de un vigor inverosímil, avanzaron inmutables, mancillando en su infame marcha, la pureza de la nieve con el calor carmesí de la vida.
Isaac “Isaac” Treviño





