En la oscuridad de una tumba yace frio como el hielo un cuerpo inerte de metal,
que brilla con la luz de las dos lunas, que se cuela por una grieta hasta el fondo de la
inmensa caverna en el planeta Glacia IX.
El tiempo no significa nada para este cuerpo, un segundo, un día, un milenio
es igual, ha permanecido suspendido en un sueño eterno desde hace mucho tiempo.
Es invierno, los pocos líquidos que fluyen entre la roca comienzan a hacerse
lentos, como si el tiempo se detuviera por segundos y luego siguiera su marcha.
Los cristales formados sobre cuerpo metálico proyectan una cantidad incierta
de luces de color azul y verde por toda la caverna, es el efecto la luz que atraviesa el
líquido cristalizado sobre el metal.
Es tan silencioso el lugar que se puede escuchar el crujir del metal que recibe
el frio congelante casi espacial del planeta Glacia IX.
Nada…, nada pasa en este lugar, pero la duda sigue consumiendo a un raro
espécimen que se arrastraba por el suelo rocoso de la gran caverna. – ¿Qué será? Se
preguntaba la criatura nativa del planeta, un artrópodo de cabeza afilada, de piel
color negra y escamosa, que no media más de una cuarta de largo.
Mientras se movía con una velocidad pasmosa, tan lenta que cualquiera podría
apreciar cada detalle de su movimiento como si se proyectara en una super Cámara
lenta.
Mientras tanto sus ojos rojos brillantes como fuego de hoguera siguen
observando el cuerpo mientras busca ubicar una posición que le permita mirar el
rostro oculto del cuerpo metálico.
Y así transcurre una hora, y esa hora se convierte en un día, hasta que al cabo
de seis días y medio la criatura ha logrado llegar al lugar perfecto.
¡Es un rostro! Se dijo a sí misma, agudizando la vista para apreciar los rasgos
del rostro, sus ojos se encendían cada vez más, casi pareciera que aquella creatura
tendría luz propia, pero solo era el reflejo de la pequeña luz de las lunas que golpeaba
directamente a sus ojos.
El rostro era desconocido para esta creatura, jamás había visto nada igual en
su vida, era un rostro de cabeza ovalada con grandes ojos, una pequeña nariz y una
quijada que en la unión simulaba una boca, el rostro tenía huecos en las mejillas y en
la quijada, y un cuello redondo con engranes y tubulares que sujetaban la cabeza del
cuerpo, al cabo de un tiempo la creatura perdió su interés y continuó su lenta y
pausada marcha, pues después de haberlo observarlo por días, no había reacción
alguna por parte de ese cuerpo inerte.
El tiempo… la obscuridad… el silencio… un lugar donde pareciera que no existe
nada, donde todo se detuvo por siglos, un lugar olvidado y sumergido en el interior
del planeta que pronto estaría por tener un cambio inesperado.
Mientras en el exterior de este mundo helado era azotado por grandes tormentas de
hielo, mismas que eran capaces de llegar a gran profundidad, debido a los grandes
cañones y enormes grietas que dibujaban el paisaje del plantea Glacia IX.
En el interior se escucha un extraño sonido, que va creciendo, es una voz ronca con
tonos graves que hace eco en la gran caverna y retumba por todo el lugar.
De pronto un crujir generalizado se escucha por doquier como si mil maquinas se
encendieran de repente, golpes contra el piso y las paredes, rechinar de objetos
metálicos, y voces que poco a poco se aclaran para decir al unísono… ¡Estoy listo!…
¡Espero ordenes!… ¡Estoy listo!
Un gran estruendo en la caverna deja expuesto una entrada a la tumba, cada
ranura de la tumba expide una luz verde brillante, como de esmeraldas y tsavoritas,
en la entrada se puede observar una cantidad innumerable de máquinas que asemejan
a cuerpos humanos, cubiertos de metal que resplandecen con la luz de la tumba,
múltiples ojos verdes ahora fijan la mirada a un lugar elevado donde se encuentra
otra maquina humanoide que con voz ronca y grave anuncia en voz alta… ¡Despierten
hijos de la Necrontyr! ¡Despierten guerreros del Rey Silente! ¡La conquista de la
galaxia comenzó!
Federico “Kikovish” Quiroz





